Iznogud, el visir que quería ser califa en un cómic clásico del humor absurdo

Es un personaje de cómic que forma parte de la cultura popular. Su lema «quiero ser califa en lugar del califa» se emplea cuando se habla de poder y aparece en numerosas columnas de opinión políticas. Sin embargo, el personaje creado por Goscinny y Tabary vivía del humor absurdo. Avanzaba a base de chistes surrealistas y situaciones hilarantes y descontroladas que constituyeron unas de las viñetas de humor más fino, sutil y genial del siglo XX que inspiró tantos tebeos infantiles de la época

O al hacerse viejo se le funden a uno los recuerdos con la infancia o los líderes políticos actuales tienen mucho de Iznogud. El personaje que crearon Rene Goscinny y Jean Tabary tenía solo un objetivo en esta vida, «ser califa en lugar del califa», y daba vueltas en círculo desesperado, tramando y volviendo a desear solo una cosa «ser califa en lugar del califa». En muchas de las apariciones de políticos en esta acumulación de elecciones que hemos superado este año, las viñetas de Iznogud se me intercambiaban con las imágenes televisivas, aunque esto no tiene nada de original, porque el personaje pegó tan fuerte que forma parte de la cultura popular y se ha utilizado hasta la saciedad en columnas y artículos políticos. Está, de hecho, insertado en el lenguaje.

Actualmente, no es extraño encontrar a lectores que experimenten sentimientos encontrados con esta historieta ambientada en Oriente Próximo. Entre esos niños lectores de Bruguera, donde apareció en sus publicaciones como la revista Mortadelo, o de los que eran fieles a El Pequeño País, no era muy popular. Era la historieta que todo el mundo conocía, pero que a prácticamente nadie le gustaba. Aburría y no se llegaba a comprender.

Sin embargo, con esa generación un poco más mayor, al crecer solo un poco, la cosa cambió cuando caían en sus manos los tomos que sacó Grijalbo. Se convertía en un relato apasionante, un cómic con un humor amable de tintes surrealistas que no se parecía absolutamente a nada. No había cambiado, pero con un pelín de madurez más del joven lector, entraba que daba gusto cuando unos años antes resultaba insoportable. 

Ambientadas en el Bagdad de Las mil y una noches, estas viñetas vieron la luz en 1962 cuando la editorial Dargaud lanzó la revista Record Goscinny y Tabary aportaron esta nueva creación. Tres personajes, el califa Harun El Pussah, el visir Iznogud y su esbirro Dilá Larárepetían constantemente un relato basado exactamente en lo mismo, pero que cada vez era diferente en todo. Una fórmula inspirada en la aludida recopilación de cuentos orientales.

Goscinny fue uno de los grandes nombres de la historia del cómic, suyos fueron Asterix o Lucky Luke. También marcó un hito en la literatura infantil con libros como los de El pequeño Nicolás. De hecho, de un fragmento de un número de este último, Las vacaciones del pequeño Nicolás, la frase «Érase una vez, en Bagdad la magnífica, un Califa muy bueno, pero que tenía un visir malísimo….», que se pronunciaba como el inicio de un cuento, surgió la inspiración para el concepto de este tebeo en la primera reunión que celebraron guionista y dibujante.

El primer número de Grijalbo comenzaba con una historia difícil de explicar. Al califa le aconsejan que si le da una zanahoria a Iznogud, este se volverá bueno. Todas las buenas personas lo son porque comen zanahorias, decía un sabio. Por ese motivo, el califa se adentra en el desierto en busca de zanahorias. En su odisea, termina vendido como esclavo. Cuando su amo cocina con zanahorias, monta un número y le implora que le dé una. Se confiesa, le dice que él en realidad es califa y la necesita, lleva mucho tiempo en busca de una. Por supuesto, el amo se la da con la libertad incluida porque, respira aliviado, no quiere «chiflados» en su casa. El enredo era una tontería, pero conforme iba avanzando y complicándose absurdamente alcanzaba una hilaridad desternillante.

Otro ejemplo culinario aparecía en el tomo Inozgud y las mujeres. El visir no quería que el califa le invitase a comer en una recepción oficial porque no le gustaban «las porquerías venidas de Occidente», como «ancas de rana cocidas con hierbas y raíces, tripas de cerdo rellenas de sangre cuajada…» en lugar de los platos locales como «saltamontes asados en boñiga de camella, serpiente pitón cocida en la panza de un carnero viejo». Luego iba y, efectivamente, le ponían un plato francés, «tripas a la moda de Caen». Primero, Iznogud veía que las tripas no «caían», por lo que consulta un diccionario y encuentran que el Cancán francés es un baile de moda, algo que no tiene relación con las «tripas a la moda» advierte Iznozgud, pero concluye que si el Cancán está de moda, hará falta comer tripas para bailarlo. El equívoco semántico era el clásico de la historieta infantil en aquella época, y llegaba a ser reiterativo como pocos recursos, pero aquí alcanzaba la categoría de arte. 

En los propios nombres de los personajes estaba ya presente ese tipo de humor. En el libro La oralidad fingidaGuilhem Naro, de la Univesitat Pompeu Fabra, lo analizó. Iznogud, en francés Iznogoud, era la transcripción de la expresión inglesa «is no good». El califa, Poussah en francés, Pussah en castellano, es una palabra que hace referencia a las estatuas de divinidades orientales que se representan sentadas, como un Buda. De hecho, tiene un doble sentido coloquial para designar que alguien está gordo y también es el nombre de los tentetiesos, los juguetes que siempre vuelven a su posición original. Ocurre lo mismo con el sirviente, Dilat Larath en francés, que en español se tradujo por Dilá Lará, como se pronunciaría allí, que es donde está el chiste que también es válido en nuestra lengua.

La pena es que estas historietas estaban repletos de esos juegos de palabras que no siempre se podían traducir al castellano. En muchas fases de la traducción, como cita el estudio de Naro, se perdieron múltiples guiños y gracias. Sobre todo en el caso de los dobles sentidos y las expresiones hechas francesas, pues muchas veces, como en el nombre del sirviente, se recurría al calambur intraducible derivado de la pronunciación.

Sin embargo, el idioma no era una barrera para gozar de la mayor parte de su particular humor. Por ejemplo, en la historieta El camino que no lleva a ninguna parte aparecía un romano haciendo autoestop en dos direcciones, porque todos los caminos llevan a Roma. Era este un sendero en el que se estaba construyendo una camellopista, donde todos los que circulaban estaban enloquecidos porque llevaban toda la eternidad yendo a ninguna parte, con situaciones como la del que cobra peajes para financiar la garita para cobrar peajes. Eran genialidades cuya estructura surrealista inspiraron a numerosos personajes de tebeos infantiles de aquella época por todos conocidos.

Por otro lado, Iznogud era, por su obstinación, un estereotipo totalmente negativo. Falso y ambicioso, un tramposo al que, como el Coyote del Correcaminos, todo le salía mal. Era una forma elegante de enseñar a los pequeños lectores que ser un trepa constituye un mal en sí mismo. La paradoja es que la premisa se cumplía en esta divertidísima historieta surrealista, pero luego en la realidad, en lo realista, todos hemos podido comprobar después que trepar en muchos campos de la vida tiene recompensa. Sobre todo en uno: la política. Un motivo más para querer vivir dentro de las viñetas.

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